Quería su calor, su cercanía, pero la mirada indescifrable en la pared no me daba permiso. Sus brazos tardaron un poco en tomarme por la cintura. Lentamente me fue acercando, bajó la cabeza y soltando el aire descansó la mejilla en mi sien.
-Abrázame… -lo dijo casi sin voz–. Abrázame con ganas.
Se quedó así por unos instantes mientras yo buscaba desesperada su calor, su olor. Con la yema de los dedos me apretó la cintura.
Se quedó así por unos instantes mientras yo buscaba desesperada su calor, su olor. Con la yema de los dedos me apretó la cintura.
-¿Mañana? -fue un murmullo ronco-. Estaba seguro que te quedabas toda la semana.
-No -cerrando los ojos apoyé las manos en su pecho, los latidos eran fuertes y rápidos. Mis dedos presionaron intentando consolarlo-. Mañana a la noche me voy.
Sus antebrazos se endurecieron.
Y el abrazo fue caluroso y asfixiante, estrechándome me besó, lo hizo con una mezcla de ternura, pasión y enfado. Los dedos revolvieron mi peinado y mientras su pecho subía y bajaba, separó la cabeza para mirarme diferente, como si se contuviera de decirme algo, como tratando de que lo entendiera sin hablar.
Leí urgencia, pedido y confusión. Frunció el ceño y con un gesto de negación, sus labios volvieron a los míos. Noté que se quitaba el saco y los zapatos sin dejar de besarme, caminamos hasta la cama y nos dejamos caer. Con pericia desabrochó mis sandalias, hizo una corta presión en las plantas de los pies y subiendo por mis piernas me cubrió con su peso. Las caricias se hicieron más intensas y con leves tirones le saqué la camisa del pantalón. Interpuse las manos entre nosotros y con torpeza le abrí uno a uno los todos botones.
Lo miré.
Le tomé la cara con las manos.
Y el mundo estalló otra vez. Tocar la seda fue exquisita, el sabor de su piel embriagador y el aroma masculino, envolvente.
Presioné y como si quisiera estamparme su huella, lo atraje con fuerza. Con dedos expertos me acarició sin quitarme el vestido, con la boca me recorrió el cuello, de arriba a abajo mientras con las manos se entretenía en mis pechos. La respiración se nos agitó y la pasión apareció como principal protagonista.
Dejé caer la cabeza hacia atrás y sonreí, éramos dos esencias transformándonos en una.
El deseo de fundirme en él era casi incontenible y mirándome con los ojos vidriosos supe que mucho más no iba a esperar, volví a sentir que algo me quería decir y pensé que lo haría.
Estaba serio.
Tragó saliva, se mordió el labio y cerrando los párpados su frente sudada cayó sobre en la mía.
Resoplando negó algo con la cabeza y volvió a mis labios.
Llevó una mano hasta el pantalón, luchó un poco con el cinturón y algo aturdida advertí que se entretenía unos momentos que me parecieron una eternidad.
Se acomodó y con un rápido movimiento, me subió la falda y sin dejar de mirarme, hizo a un lado mi ropa interior. Jadeó, fuerte, caliente y de una estocada limpia y certera, entró.
La columna vertebral se me arqueó. Un gemido involuntario fue ahogado con sus labios y con los ojos cerrados, empezamos a movernos. Fue con bronca, ambos sentíamos la necesidad de demostrarnos que no queríamos que esta historia llegara a su fin, pero no sabíamos cómo hacerlo. Yo tenía que volver.
Sus labios pasaron a mi cuello y los movimientos se hicieron más rítmicos y fuertes. De pronto se detuvo, apoyado sobre los codos, mirándome con las mejillas encendidas y el pecho al descubierto. El pecado personificado. Sus ojos se hicieron desconocidos, como si se hubiera transformado en otra persona y aferrándose a mí cara, esta vez habló.
-Dime que con él no gozas así…
Lo observé por un momento y parecía perdido, expectante, ido. Una gota de sudor le corría por la sien y su expresión demostraba una sola cosa. Impotencia.
-No amor.
La vena de la garganta se le hinchó y cuando creí que volvería a hablar retomó el ritmo. Atrás, adelante, una y otra vez. Mis manos vagaron entre la espalda y la suavidad de la camisa, y con una fuerte presión lo incité.
-No pares.
-No pares.
-Prométeme que cuando estés con él pensarás en mí…, que serán mis manos las que te acaricien, que será mi boca la que te bese y que… seré yo quien este dentro…
No podía contestar, imposible hablar, así que le tomé las mejillas y lo besé con pasión, con ardor, como si nunca más lo volviera a ver. Él gimió en mi boca y aunque pareciera increíble, con más intensidad me abrazó.
Había tantas cosas que quería decirle, tantas maneras de demostrarle lo que sentía, pero sencillamente no las encontraba.
Me arqueé en sus brazos, mi cabeza se inclinó sola hacia atrás y enterrando las uñas en sus hombros, llegué al orgasmo como hacía años que no lo hacía.
-Te quiero…- se me escapó de los labios, con un hilo de voz.
Salió un instante de mi, y cuando una alarma se me disparó, volvió a empujar. Y con más fuerza. Entonces sus movimientos cesaron. Pareció meditarlo bien y con la voz entrecortada habló.
-Y yo…
Apoyó la frente en la mía y por unos instantes, recuperó el aliento. Agitado, levantó solo el torso y me miró. Serio. A mi parecer, a los dos nos tomó por sorpresa. Estar hablando de amor era muy fuerte y desconcertante, solo hacia unos pocos días ni siquiera nos conocíamos. Ninguno habló, el aire estaba retenido y las mentes espesas. El primero en pestañear fue él y lo hizo un segundo antes de cambiar el peso de su cuerpo a un costado. Con una mano se agarró la cabeza. Parecía estar regresando a la realidad, agobiado y confundido.
Quería decirle tantas cosas, quería dejarle claro lo que él estaba siendo para mi, pero pensé, ¿para qué? ¿En qué cambiaría? Si me tengo que ir igual. Lo atraje y hundiendo el rostro en su garganta, acalorada y confusa otra vez, lloré.
-¿Te hice daño? -su voz sonó consternada –perdóname, fui…, un poco brusco…
-No -fue todo lo que pude decir, la garganta y el pecho me dolían.
-Perdóname…, perdí el control…
Su tono era sincero y mi angustia inmensa. Salió al fin de mí, se acomodó un poco el pantalón y se recostó a mi lado. Fue ahí cuando se dio cuenta del tamaño de mis lágrimas.
-Por favor… no llores. Me hace sentir… mal..., impotente, hay tantas cosas que quisiera decirte…, alegrarte con tantas promesas… Por favor, por mí, no llores.
Así, descalzos y desalineados llevó una botella de champagne, yo las copas y salimos a respirar la brisa del mar. Nos detuvimos apoyados en la baranda, mis pies sintieron el frío del suelo y poco a poco mis pensamientos se fueron ordenando. Miramos por unos momentos otra vez la cuidad desde lejos y con el aire jugando con mi cabello, cerré los ojos.
-Eso ni me lo puedo imaginar -murmuré sonriendo sin mirarlo.
De pronto experimenté unas ganas locas de salir corriendo, sabía que ese no era mi lugar, que él no era mi hombre y sin embargo, lo sentía absolutamente mío. Mi cabeza giraba con los chicos, la playa de noche, las risas, su pasión, la posible infidelidad de mi marido…, todo me daba vueltas. Con un rápido movimiento salí de la protección de sus brazos y entré en el cuarto de baño.
No sabía qué decir, no podía irme y no tenía ni idea de cómo encarar la situación.
Me miré al espejo. El maquillaje estaba corrido, el peinado deshecho y mi mirada perdida. No era yo, pocas veces me permitía estar desorientada, por lo general tenía una seguridad de mis actos que en muchas ocasiones Leo me había envidiado. Aunque las situaciones eran desbordantes mis pensamientos se helaban y la claridad me dejaba tomar decisiones.
En mi vida cotidiana era una soñadora nata, con mucho sentido del humor y hasta un poco infantil, sobretodo con los chicos. Pero cuando el momento lo requería, salía de mí todo lo opuesto y era capaz de ver la solución en fracción de segundos, de dar vuelta la página y volver a mi camino con una rapidez asombrosa, pero esta vez…, todo era tan desmesurado y apasionante que era incapaz de pensar.
Con él no podía vivir y sin él… tampoco.
Respiré profundo, el agua fría en la cara me había calmado un poco y pensando que no podía actuar así, escuché a mi voz interior. "Tiene que disfrutar el momento, no lo empañes, mira todo lo que hizo para que esta noche sea mágica…” Le di la razón y arreglándome el vestido decidí salir. Pero de pronto lo oí.
-Patricia…
El corazón me latió con apuro, qué linda sonaba su voz pronunciando mi nombre. Sonreí y apoyando la frente en la madera le contesté.
-Es la primera vez que me llamas por mi nombre.
-¿De verdad?
Su voz atravesó la puerta, casi podía sentir los dedos apoyados del otro lado y su respiración.
-Sí, y ya empezaba a creer que no te lo acordabas… -hice una pausa sonriendo con amargura y continué -es que nunca recuerdas los nombres.
-Creo que no lo sabes, pero a ti también se te da bien eso de los retos… estás consiguiendo muchas cosas de mí ¿sabes?
-¿Si?
-¿Si?
Hicimos una pausa y seguramente sonrió como yo. Cerré los ojos y suspiré.
-Ven conmigo.
Imposible negarse, y mis manos fueron abriendo de apoco la puerta que nos separaba.
La vista no podía ser mejor, sus brazos estaban abiertos apoyados en el marco de la puerta, la camisa completamente abierta, el pelo revuelto y los ojos brillaban aun con pasión.
Nos miramos.
Se pasó los dedos por los labios y me hipnotizó.
Sonrió triunfante. “No me temas” fue la muda petición. “me cuesta…” le contesté.
Dio un paso largo y decidido. Abrazándome con todo su ser, me obligó a alejar cualquier amenaza. Estaba prisionera de su cuerpo y volvió a besarme como la primera vez, con necesidad, con apuro. Limpiando mi mente, le entregué mis miedos, mi vida, mi alma.
Dio un paso largo y decidido. Abrazándome con todo su ser, me obligó a alejar cualquier amenaza. Estaba prisionera de su cuerpo y volvió a besarme como la primera vez, con necesidad, con apuro. Limpiando mi mente, le entregué mis miedos, mi vida, mi alma.
Sus dedos terminaron con lo poco que me quedaba de la trenza que me había hecho Pau y, con ternura me masajeó la nuca.
-¿Cómo sabes que no me acuerdo de los nombres?
-Lo escuché en una entrevista.
-Pues, el tuyo me lo repito desde la primera noche…
Nos miramos sonriendo y acariciándome la mejilla preguntó:
-¿Estás mejor?
-Sí.
-¿Quieres que tomemos algo fuera?
-Estaría bien.
Así, descalzos y desalineados llevó una botella de champagne, yo las copas y salimos a respirar la brisa del mar. Nos detuvimos apoyados en la baranda, mis pies sintieron el frío del suelo y poco a poco mis pensamientos se fueron ordenando. Miramos por unos momentos otra vez la cuidad desde lejos y con el aire jugando con mi cabello, cerré los ojos.
-¿Ya te despejaste?
-Sí -dije viendo como servía las copas -ya estoy mejor.
-Ven, sentémonos aquí.
Señalando los asientos que habían en el otro extremo de la embarcación, nos acomodamos.
Señalando los asientos que habían en el otro extremo de la embarcación, nos acomodamos.
Volvimos a brindar y bebimos. Un silencio relajado se instaló entre nosotros y fue cuando traté de poner la mente en blanco. Era una de las formas que encontré para poder disfrutar lo que nos quedaba juntos.
Tuve la extraña sensación de que nuestras almas estaban tranquilas, juntas..., sentí su mirada recorriéndome y la muda resolución de que no íbamos a hablar más de mañana.
-Lo mas importante es el hoy -flotaba en el aire -el ahora.
Tuve la extraña sensación de que nuestras almas estaban tranquilas, juntas..., sentí su mirada recorriéndome y la muda resolución de que no íbamos a hablar más de mañana.
-Lo mas importante es el hoy -flotaba en el aire -el ahora.
-¿Me vas a contar cuántos vestidos te probaste? -y con esa inesperada pregunta, logró separarme de las conclusiones y del musical ruido del mar.
-¡No! Ya te dije que eso es un secreto, pero hablando de vestidos…, ¿me vas a decir por qué me mandaste de compras para estar aquí, solos?
Se sonrió con ternura, mojó los labios con champagne y mirando al frente respondió.
-En cuanto cerré esta escapada quería que te divirtieras. Yo no podía estar contigo, tenia que trabajar así que -hizo una pausa y me atrajo para que me recostara en su pecho desnudo ya que la camisa seguía abierta -pensé que si te ibas con tu mejor amiga, en el coche y de compras sería una buena forma de que te la pasaras bien. ¿Fue así?
-La verdad es que nos vino muy bien, desde que el señor Enrique está en su casa -hablé entre su risa sonora -no tenemos tiempo para nada. Pero de todas maneras creo que este vestido está demás.
-Sí en eso te doy la razón, yo te tendría desnuda pero…
Acalorada insinúe golpearlo pero él me tomó la mano en el aire y volvimos a reír como chicos.
-No de verdad, si te hubiera dicho vete con Paulina al centro comercial sin más, no hubieran ido ¿o no?
-Lo más seguro es que nos hubiéramos quedado, además ¿¡yo salir con unos de tus coches!? ¡Ni loca!
-¿Por qué? No te tengo que decir que puedes usar todo lo que está en casa.
Sonó tan intimo “todo lo que está en casa” que tuve que ahogar en nudo que se me formaba en la garganta. Hundí un poco más la cara en su piel, estaba tibia, suave y olía a su propio perfume, a mar, a él...
Con ternura me estrechó aun más, respiró profundo y contemplamos por un buen rato, en silencio la luna brillante y las estrellas titilantes. No había ni una nube en el cielo y con esa imagen acompañada de la brisa del mar, nuestras mentes vagaron cada una por su lado.
-Me hubiera encantado ir contigo de compras. Algo me dice que nos habríamos reído mucho…
-Eso ni me lo puedo imaginar -murmuré sonriendo sin mirarlo.
-¿Por qué lo dices?
Tenia ganas de contarle lo raro que me resultaba ir de compras y pasarla bien ya que en compañía de Leandro, casi siempre terminábamos separados. Él cansado, agobiado y aburrido mientras yo volvía desilusionada por querer que este a mi lado, ayudándome, dándome su opinión, pero me resultaba casi imposible hablar de eso.
-Es que de normal, voy con amigas de compras -logré mentirle sin resultado.
-¿No te acompaña? – Dios, ¿Cómo podía ser que estuviéramos así de comunicados en tan poco tiempo?
-No -comencé a hablar con torpeza pero su mano apretándome fuerte, me hizo mirarlo y fue mi perdición.
-Si me acompaña pero…-la voz me temblaba ya que me sentía vulnerable de solo pensar en el regreso a mi vida.
-No tienes que seguir…, tu es ma femme. Eres mi mujer.
Su beso llegó lleno de calma, de serenidad, de brisas suaves como las que acariciaban al mar en ese momento y me abandoné, me dejé llevar y lo saboreé.
Me estremecí.
Me sentí la mujer más afortunada del planeta.
Con ternura me acarició la cabeza mientras volví a recostarme en él y así, en silencio, con sus latidos como fondo rechacé cualquier pensamiento capaz de arruinarnos la noche.
-Está bien -su tono divertido llegó después de un largo silencio -cuéntame entonces, ¿Qué tal la tarde? Habrán hecho otras cosas además de comprar ¿no?
-¡Buen intento! -exclamé luego de una pausa -quieres saber cuanto tardé en encontrar el vestido ¿no?
-Chica lista, me descubriste.
-No sigas intentándolo, que no te lo voy a contar.
-Está bien -resopló como un niño -pero y de Paulina tampoco me vas a contar.
-¿De Paulina? ¿Qué tiene que ver en todo esto?
-Nada simple curiosidad, se probó muchos… ¿tardó en encontrarlo?
Entrecerré mis ojos esperando que me contara el motivo de tanta curiosidad.
-Está bien -dijo por fin -es una teoría que tenemos…
-¿Una teoría? ¿Con Gaby?
-Gabriel, se llama Gabriel.
-Bien como quieras ¿con Gabriel?
-Sí -dijo ladeando la cabeza como lo hubiera hecho Santinno.
-¿Y en qué consiste?
-Es un secreto
-¡Ah! Encima es un secreto ¡esto es el colmo!
-Hasta que no me cuentes tú, yo tampoco –las risas se hicieron sentir y meneando la cabeza respondí.
-Así que tu y Gaby hablando de nosotras ¿no?
-Gabriel…
-Le voy a llamar como quiera.
-No me provoques -habló serio, con voz imperiosa y ronca.
-¿Por qué? -pregunté sintiendo la presión que ejercía su mano en mi muslo desnudo debajo de la gasa del vestido. ¿En qué momento había llegado hasta allí?
-Porque tendré que llevarte a mi cama y…, demostrarte que sólo con mi nombre puedes jugar.
-No serías capaz…
-¿No?
Sus ojos brillaron.
Agudizó la mirada.
Con la lengua se humedeció el labio inferior y en su frente se formaron unas líneas horizontales que demostraban interrogación. Ese mudo lenguaje bastó para acelerarme el pulso, respirar con dificultad y perderme en sus pupilas. Sin decir una palabra me quitó la copa, la dejó sin mirar en el asiento y tomándome de la mano fuimos hasta el dormitorio.
Las rosas habían caído a un costado y los almohadones estaban desparramados, la cama tenía las arrugas de nuestro encuentro y de pensarlo me estremecí. Con un impulso fui a levantar las flores del suelo, cuando ejerció más fuerza en la muñeca y me lo impidió.
Las rosas habían caído a un costado y los almohadones estaban desparramados, la cama tenía las arrugas de nuestro encuentro y de pensarlo me estremecí. Con un impulso fui a levantar las flores del suelo, cuando ejerció más fuerza en la muñeca y me lo impidió.
-Luego…
Quise reprocharle, le clavé los ojos interrogativos cuando vi un brillo intenso en los de él. Con un rápido movimiento me dio la vuelta dejándome de espaldas, levantó mi pelo que ya no tenía ni rastros del peinado hasta lo alto de mi cabeza y con suavidad me besó en la nuca. Una corriente eléctrica me recorrió y cerrando los ojos sentí su respiración, sus besos y su fuerte cuerpo rozando el mio. Me abandoné, el mundo desapareció y solo tuve oídos para él…
- mia moglie… mi mujer.
Quise decirle tantas cosas… quise dejarle claro las sensaciones que había despertado en mi, pero no encontré las palabras, solo un simple gemido salió de mis labios.
Sus dedos desabrocharon el vestido que cayó al suelo sin problema y haciéndome ver quién dominaba la situación, me acostó boca abajo en la mullida cama. Besó cada vértebra de mi columna y poniéndome boca arriba, siguió por el ombligo. Mi cuerpo no resistía tanta pasión y revolviendo su cabello intenté sacarlo de ahí. Volví a sentir presión en mi muñeca y su voz sonó imperiosa.
-Déjame…, olvídate con quien estás…, eres mía...
Desistí retirando la mano, los besos siguieron más abajo y mi razón se esfumó. Mi espalda se arqueó y cuando estaba por llegar al máximo placer, se alejó.
Desistí retirando la mano, los besos siguieron más abajo y mi razón se esfumó. Mi espalda se arqueó y cuando estaba por llegar al máximo placer, se alejó.
Mi cuerpo quería más.
Mi piel deseaba su calor.
Sentí el ruido de su ropa caer en la alfombra y en esos momentos volví a la realidad, me olvidé con quien estaba y el deseo de gozar se apoderó de mi razón.
Muy despacio se acostó sobre mí. Sentí su dureza.
Mi sed se calmó.
El calor volvió. Respiré el perfume de su piel y su boca se encontró con la mía. Sabía a tormenta, a lluvia torrencial, y unos relámpagos se cruzaron en mis ojos cerrados.
Esos besos me volvían loca y aunque sentía una urgencia alarmante, lo tomé por sorpresa invadida por ese huracán que despertaba en mí y tumbándolo a mi lado dominé la situación. Sus labios se curvaron apenas sonriendo y con su expresión me habló de expectativa, de entrega, de satisfacción. Le tomé las manos, le estiré los brazos por encima de su cabeza y en su oído murmuré:
-Como me toques, paro. así que piénsalo bien…
Los ojos se le abrieron y sin esperar preguntas comencé a besarle el lóbulo de la oreja, el cuello y seguí por el pecho.
Los pectorales reaccionaron.
Siguiendo la hilera de vellos pasé por el ombligo y continué mi camino. Su cuerpo hablaba en un idioma propio, los músculos estaban tensos, el pecho le subía y bajaba con rapidez y de su boca salían gemidos que demostraban el placer que lo embriagaba.
Me sentí completamente femenina, poderosa y encantada.
Su sabor era exótico, único y adictivo. Mi boca estaba insaciable, implacable y maravillada. Mucho no pude disfrutar de él. Sus palabras llegaron como a kilómetros de mí.
-Je ne supporte pas… Sus brazos fuertes me tomaron de los hombros y cumpliendo mi castigo, subí por su pecho.
-Que poco aguantas ¿no?
-Y todo lo que me contuve… ¿no lo cuentas?
Sonreímos, me cubrió con su peso una vez más y dedicándome una ardiente mirada embistió contra mí.
La fuerza de la naturaleza parecía concentrada en el dormitorio, las ráfagas de vientos azotaban en la cama, vi los relámpagos con los ojos cerrados y sentí las gotas de lluvia, humedeciendo nuestros cuerpos….
-Dios… estaría toda la noche así contigo… une nuit- toda la noche, murmuró en mi oído.
-Y yo sería la mujer más feliz del mundo.
Esta vez fue como la primera, romántica, sin apuro y muy apasionada, cada uno estaba muy atento en darle placer al otro.
Se movió más de prisa, cada vez mas adentro y de una forma coordinada sentí que el viento nos envolvió. Las hojas de los árboles bailaban a nuestro alrededor. Las ráfagas nos elevaron hasta lo más alto, me aferré a su cuerpo, a sus músculos, tocamos las nubes y lentamente comenzamos el descenso.
Como bien se dice, después de la tormenta llega la calma y poco a poco en el dormitorio la lluvia cesó, los relámpagos desaparecieron y el huracán se convirtió en suaves brisas.
Como bien se dice, después de la tormenta llega la calma y poco a poco en el dormitorio la lluvia cesó, los relámpagos desaparecieron y el huracán se convirtió en suaves brisas.
-Va la tercera vez que hacemos el amor… -hablé con la respiración agitada -y no me doy cuenta cuándo te pones protección.
Su risa resonó en la desierta embarcación y sus brazos temblorosos me apretaron más sobre su pecho.
-¿Estarás muy concentrada en otra cosa?
-No puede ser de otra forma -dije riendo también -pero, ¿dónde los tienes?
-¡Siempre a mano!
Entre risas se levantó, caminó hasta el baño y yo me abracé a su almohada que estaba impregnada de su perfume.
Qué plena me sentía…, que ganas de que esto no llegara nunca a su fin, pero sabía que no podía soñar con esa posibilidad. Estaba un poco asustada, esa noche le había dicho que lo quería, me había sorprendido hasta lo más profundo, lo que había comenzado como una admiración pasó a ser una atracción y se estaba convirtiendo en ¿amor? “Y yo…” me había contestado.
Dios esto se estaba volviendo peligroso, por un lado en lo más recóndito de mi corazón estaba aliviada de volverme mañana a mi matrimonio y que esto pasara a ser nada más que un recuerdo increíble.
Dios esto se estaba volviendo peligroso, por un lado en lo más recóndito de mi corazón estaba aliviada de volverme mañana a mi matrimonio y que esto pasara a ser nada más que un recuerdo increíble.
-¿Siempre eres tan ordenada? -su voz me interrumpió.
-¿Perdón? ¿Y tu? ¡¡Ahí esta tu ropa también!! -lo vi ponerse los bóxer y caminar hasta el comedor meneando la cabeza.
-Voy por más champagne.
-¿Me traes los cigarrillos?
-Ni loco -contestó riendo.
Nos acomodamos en la cama sentados entre almohadones, copas y cenicero de por medio.
Ya no sabía si era por la bebida o por el buen humor que teníamos, pero lo cierto era que me dolía el estomago de reírme de sus anécdotas, tanto con sus amadas fans y de sus intentos de pasar de apercibido para desconectar un poco.
-Las quieres mucho ¿no?
-Cómo no las voy a querer, les debo todo lo que soy. Además algunas hacen cosas “titánicas” sólo para verme, para que las mire, para sacarse una foto conmigo y eso, no tiene comparación con nada...
-Y lo que sentirán cuando lo consiguen ¿no?
-El martes sin ir mas lejos, me pasó con una que… ¿quieres saberlo?
-Por favor -contesté con una mezcla de curiosidad y excitación, me estaba por contar algo que había sentido con una de esas tantas admiradoras apasionadas que tiene por el mundo.
-Llegué a Santiago de Chile y lo primero: personal de aeropuerto que me da la bienvenida, algún que otro autógrafo y fotos. Después del mediodía, me cito con un fans club y para que te cuento... es muy estimulante, ellas están tan contentas, tan emocionadas que es “imposible” no contagiarte. Luego de varios reportajes etc. a última hora salgo para Montevideo y antes de subir al avión me desea buen viaje una empleada del aeropuerto y…, al mirarla vi algo en ella que me llamó la atención, la observé otra vez y mi cabeza buscaba la información que necesitaba -dijo gesticulando como si estuviese pensando.
-¿Y? -pregunté sumida en su relato, estaba descubriendo las emociones que le despertaban “sus chicas”
-Y si bien sabía que esos ojos los había visto antes, no encontraba cómo preguntárselo y entonces le dije: “creo que te he visto en mis sueños…”
-¡Y se habrá derretido!
-Más o menos -exclamó -primero me dijo algo así como “será en tus pesadillas” y luego -nos reímos con ternura -me regaló una sonrisa grande y con sus ojos brillantes. Y entonces me contó que era la misma que me había dado la bienvenida, que pertenecía al fans club y que era la tercera vez que estaba conmigo.
-¡Ese día no se lo olvidará más!
-Me imagino que le recordará por mucho tiempo…-sus ojos demostraban que había vuelto al aeropuerto con sus recuerdos.
-Qué lindo será despertar esas emociones en ellas ¿no?
-Es impresionante, sentir como tiemblan, como vibran en mis brazos…, sin conocerme como persona lo que quiero decir, sólo por lo que leen o lo que se imaginan que soy.
Sus ojos marrones paseaban por el dormitorio sin rumbo fijo y su expresión dejaba ver lo feliz que le hacía sentir tanto amor desparramado por el mundo.
-Yo diría que ella se dejan llevar por lo que vos trasmitís, porque cuando uno ve a alguien por la tele o en fotos aunque te cueste creer, es más que una imagen, y la de Ricky Martin es tan humana, tan cariñosa… y esa sonrisa.
-Parece que hablaras de otra persona -dijo con mirada inquisidora.
-Es que yo estoy con otra persona, ¿o te olvidas? -reímos y continué -yo tengo el placer de conocer al señor Enrique…, y al desnudo -terminé sugestiva.
-Veo que eres muy obediente.
-No te hagas muchas ilusiones.
-No me olvido. Ya sé que eres todo un reto, “mi” reto.
-Y eso me encanta -terminé en medio de un bostezo compartido.
Dejamos al mismo tiempo las copas y los cigarrillos en la mesita de luz. Sin darme cuenta me recosté sobre mi lado derecho y sentí el peso se su cabeza en mi almohada, una pierna sobre mi cadera y su brazo rodeándome.
Con una sonrisa dibujada en mi cara, no sabría decir quién se durmió primero.
Capitulo 11
Dejamos al mismo tiempo las copas y los cigarrillos en la mesita de luz. Sin darme cuenta me recosté sobre mi lado derecho y sentí el peso se su cabeza en mi almohada, una pierna sobre mi cadera y su brazo rodeándome.
Con una sonrisa dibujada en mi cara, no sabría decir quién se durmió primero.
Capitulo 11



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