
-Ven aquí… -y me senté junto a él.
-Es mágico esto…-susurré maravillada -es inspirador. Mira que yo no escribo, ni pinto, pero esto es una invitación a hacerlo por primera vez.
-Estaba seguro que te iba a gustar - y con sus manos me obligó acostarme a su lado - ¿sabes por qué?
-¿Por qué?
-Por que me gusta a mí y como estamos conectados... -dijimos a coro y acto seguido nos reímos como niños.
-¡Ah! ¿Si? –Exclamó - ¿tan predecible soy para ti?
-Más o menos -logré hablar sintiendo su peso sobre mí, recorriendo ese rostro tan varonil, atractivo y alegre que especialmente tenía con el brillo del sol en su espalda.
-¿Y qué crees que voy a hacer ahora?
Pensé por un momento y me adentré en sus pupilas.
-Creo que me vas a besar.
-¡Error! ¡Error! -Y entre risas comenzamos a rodar cuesta abajo por la hierba.
Cuando llegamos a la orilla amenazó con meternos y luché con todas mí ser para impedirlo. Me empecé a enfadar sintiendo que su fuerza era mucho mayor que la mías y utilizando hasta los dientes logré escapar.
Cuando llegamos a la orilla amenazó con meternos y luché con todas mí ser para impedirlo. Me empecé a enfadar sintiendo que su fuerza era mucho mayor que la mías y utilizando hasta los dientes logré escapar.
-¡Ah! Te gusta a lo bruto ¿no? -habló agitado, había logrado alejarme, ponerme de pie y posicionarme frente a frente.
-¡Basta! ¡Compórtese señor Enrique! –amenacé entre risas nerviosas ya que sabia que mucho más no iba a poder combatir.
Me miró fijo.
Estaba erguido, con su amplio pecho subiendo y bajando. Como un guerrero ansioso de lucha, serio y amenazante comenzó hacer movimientos calculados de artes marciales.
-¡Como me toques...!
Grité con tono nervioso al verlo cada vez más cerca. Busqué un refugio seguro pero no encontré ninguno, su mirada estaba clavada en mí, y sus labios me indicaron que pronto sería su presa. Respiraba agitada mientras pensaba desesperadamente dónde esconderme de mi implacable contrincante.
En ese segundo de indecisión y con un solo movimiento, me atrapó entre sus brazos, dejándome a su merced y sin escapatoria.
En ese segundo de indecisión y con un solo movimiento, me atrapó entre sus brazos, dejándome a su merced y sin escapatoria.
-Te aconsejo que te quites las zapatillas…-murmuró ronco en mi oído, que lejos de enfadarme, me dio un repentino escalofrío de excitación.
-¿No serias capaz? -pregunté haciendo fuerza para escapar.
-No logré resistirme cuando apenas te conocía…-su voz seguía en mi oído a modo de secreto - imagínate ahora.
Alejé la cabeza y en sus ojos me di cuenta que nada iba a detenerlo. Expresé rendición, logré que me soltara y resignada puse a resguardo mi calzado. En realidad no tenía ganas de mojarme así que aprovechando que se sacaba la camiseta, corrí con todas mis fuerzas hacia el sendero.
En un parpadeo lo tenía tan cerca, que oía su respiración, sus ansias de agarrarme y el ruido de las pisadas. Mis palpitaciones y el nerviosismo aumentaron considerablemente sabiendo que la persecución llegaba a su fin y quien seria el victorioso.
En un parpadeo lo tenía tan cerca, que oía su respiración, sus ansias de agarrarme y el ruido de las pisadas. Mis palpitaciones y el nerviosismo aumentaron considerablemente sabiendo que la persecución llegaba a su fin y quien seria el victorioso.
Girando apenas la cabeza logré ver sus dedos rozándome el hombro, el aire me faltaba y las gotas de sudor corrían por mi sien.
En pocos minutos pasó a ser mí más temido enemigo.
Riendo porque ya no me quedaba escapatoria, di una vueltas por el tronco más próximo. Estaba cansada, acorralada y podía sentir mi sangre apresurada por mis venas.
En pocos minutos pasó a ser mí más temido enemigo.
Riendo porque ya no me quedaba escapatoria, di una vueltas por el tronco más próximo. Estaba cansada, acorralada y podía sentir mi sangre apresurada por mis venas.
-Por favor… -llegué a decir.
-Ahora si que no te perdono, ¡que huyas de mí…! ¿Dónde se vio una cautiva tratando de escapar del raptor?
-Es que…, es que no me apetece mojarme… -dije con la respiración apresurada.
-Esta bien -propuso cambiando el tono -¿hacemos las pases?
Lo estudié antes de darle la mano, él también sudaba pero menos que yo, su pelo estaba revuelto, el torso apenas brillante y algunas hierbas se le habían pegado en el rostro.
En sus ojos leí el desafío, él no se daba por vencido y en la primera oportunidad que le diera, cumpliría con las amenazas.
En sus ojos leí el desafío, él no se daba por vencido y en la primera oportunidad que le diera, cumpliría con las amenazas.
La visión que me regalaba era la de un guerrero seguro y paciente. Estaba serio, atento y con su amplio pecho en guardia. Las manos descansaban despreocupadas en su cintura y las piernas algo separadas.
Me hizo acordar a los espartanos, fuertes, expectantes y calculadores.
Mi piel volvió a reclamar su cercanía y pestañeando regresé a la realidad.
Con la seguridad que no me libraba del chapuzón, miré qué tan altas tenía las ramas el árbol que rodeábamos, cuando dijo entre risas.
Me hizo acordar a los espartanos, fuertes, expectantes y calculadores.
Mi piel volvió a reclamar su cercanía y pestañeando regresé a la realidad.
Con la seguridad que no me libraba del chapuzón, miré qué tan altas tenía las ramas el árbol que rodeábamos, cuando dijo entre risas.
-Dijiste que no te treparías a los árboles, además…, ahí te atrapo seguro.
Me arriesgué, ya que comprendí que no tenía escapatoria, apenas mis dedos rozaron los suyos me tomó con fuerza y como un saco de papas me cargó en su hombro y volvimos a la orilla.
Casi no me había dado cuenta lo oscuro que estaba ya que sumergidos en la laguna la estábamos pasando como niños. El agua era fresca, a nuestro alrededor un paisaje digno de ser admirado y él como única compañía. Qué más podía pedir.
-Creo que tenemos que volver.
-¡No! ¿Por qué?
-¡Con lo que me costó meterte! ¡Ahora te quieres quedar! –y acercándose me rodeó y separando un mechón de pelo de mi mejilla continuó -¿Sabes que pasa? que no hay luz en esta parte y se esta haciendo de noche.
-¡Ah! -dije un poco alarmada -entonces volvemos.
-Pero no tengas miedo ¿he?
-No miedo ninguno…- comenté saliendo del agua -si ya me di cuenta que sabes luchar.
-¡Y tu! –gritó escandalizado -¡Me diste fuerte en una costilla!
-¿¡Yo?! ¡Pero qué mentiroso! -insinué gran indignación.
-¡Y me mordiste...!
-¡Ja! ¿Dónde viste una cautiva pegándole a su raptor?
Me reí con fuerzas mientras recogía el calzado.
Me reí con fuerzas mientras recogía el calzado.
Durante el camino de regreso sólo se limitó a discutirme quien había empezado a pegar a quien, la luz era cada vez más escasa y entre bromas de hombres lobos y fantasmas llegamos.
-¿Qué te gustaría comer? -preguntó cuando me secaba el pelo con una toalla.
-Me da igual, ¿y a ti?
-A mi, canelones -dijo desde el baño peinándose con los dedos el cabello mojado después de la larga ducha.
-¿Y qué, me vas a decir que viene Paulina y te los trae?
-Algo así…
Lo miré caminar sin poder apartar la vista del pantalón gris del piyama, que parecía estar a punto de caérsele como única vestimenta. Fue hasta la heladera y sacó una bandeja lista para meter en el horno.
Lo miré caminar sin poder apartar la vista del pantalón gris del piyama, que parecía estar a punto de caérsele como única vestimenta. Fue hasta la heladera y sacó una bandeja lista para meter en el horno.
-Así que tenes todo listo ¿no?
-Sí, en casa saben que estando yo ahí, tienen que estar preparados para cualquier plan.
-Ya me doy cuenta…
-Bueno, yo ya cociné, ahora te toca poner la mesa.
-Qué rápido eres ¿no? -y con una carcajada me sirvió un poco de vino.
-Es dulce, pruébalo.
Durante la cena hablamos de canciones, de inspiraciones y de cómo arreglaríamos el mundo. De pronto un silencio pasajero se instaló entre nosotros y su pregunta me sorprendió:
-¿Extrañas a tus hijos? -no hacia ni un segundo que las caritas de los dos habían pasado por mi mente.
-¡Acabo de pensar en ellos! Estuve todo el día desconectada de…, los chicos -por no decir de Leandro y de mi otra vida -ya que con mi cuñada están más que contentos, pero recién…, no sé…No sabes lo que disfrutarían acá, pero ya falta poco. -Terminé un poco incomoda.
Él llevo los platos al fregadero, se apoyó en la mesada, cruzó los brazos en su pecho desnudo y desde ahí volvió a hablar en tono grave.
-¿Ya sabes cómo vas a reaccionar cuando estés en Buenos Aires?
-No, y no creo que lo sepa hasta que llegue -hablé mientras terminaba de levantar algo nerviosa la mesa -de normal no soy de premeditar mis actos, creo que voy a actuar como me salga.
El silencio se podía tocar, toda su atención estaba en mi espalda y yo no quería mirarlo.
El silencio se podía tocar, toda su atención estaba en mi espalda y yo no quería mirarlo.
-¿Tienes otros motivos aparte de tus hijos para quedarte con él? -un escalofrío me recorrió la columna vertebral y mi respiración se hizo cada vez más pesada. –Si no quieres no me respondas…
Buscaba tantas respuestas desde el primer beso…, tantos interrogantes me acechaban desde hacía días que no encontraba las palabras adecuadas.
-No se trata de querer…-dije mirando por fin a sus ojos que hablaban de ternura, de protección, de expectativa -lo que pasa es que es difícil de contestar, más hoy. - Sin pensarlo me acomodé a su lado, apenas rozándolo pero eso bastaba para sentir su calor. Traté de despejar mis pensamientos y empecé a hablar.
-Ya te conté que cuando lo conocí éramos muy chicos, me enamoré en el mismo momento que lo vi, obviamente con el tiempo esas sensaciones se aplacan dejando la relación en sí, no digamos rutina, pero en mi caso se asemeja un poco.
Hice una pausa y en un instante me había trasportado hasta las diferentes etapas de mi matrimonio, noviazgo, el “sí” en el altar, los nacimientos, las discusiones.
Respiré profundo y sabiendo que él estaba muy atento, pero tenso y con la vista al frente, me sinceré.
Respiré profundo y sabiendo que él estaba muy atento, pero tenso y con la vista al frente, me sinceré.
-De golpe me encontré con una familia y las responsabilidades que eso conlleva y a lo único que espiro es a ser una buena madre y una esposa aplicada -terminé con una sonrisa un tanto amarga.
Por el rabillo del ojo vi que había girado la cabeza hacía el lado contrario y aunque no me crucé con sus ojos, sabía que algo me quería decir.
–Pero las cosas son así -traté de seguir con el relato -tengo implantado en mi cabeza que, a no ser que pase algo muy fuerte, tengo que estar a su lado. Pero no todo es malo, no me puedo quejar de mi vida, él es buen padre, es cariñoso a su manera y…, es mi marido.
Nuestros ojos se encontraron a la vez. Sentí algo amarga su mirada y con una punzada en el pecho, las palabras brotaron solas.
–Además juega un papel muy importante la culpa…
-¿Por qué? – Su voz sonó fría y neutra.
-Porque trabaja mucho para que no nos falte nada ¿sabes? para que yo me quede en casa con los chicos…
-¿Y? –Sus ojos atravesaban con intensidad mis pupilas.
-Y es cuando siento que no puedo pensar en otra relación.
-¿Él es buena persona y eso hace que no te permitas pensar en ti?
Su ceño estaba fruncido, marcando unas líneas entre las cejas a modo de incomprensión. Estaba más atractivo que nunca y tuve que contener las ganas de abrazarlo, de fundirme en él y dejar esa conversación.
-Y de alguna manera, si. A veces pienso que si él encontrara otra mujer, seria más cómodo para mí. No cargaría con la culpa de haberlo dejado por otra persona mientras él estaba poniendo “todo” por nosotros.
Los dos estábamos apoyados en la mesada, nuestras miradas volvieron a recorrer sin atención la cocina, la distancia que nos separaba era mínima y pude sentir como se le tensaban los músculos del brazo.
-¿Lo amas?
Mi corazón se aceleró, las manos se me enfriaron y en el pecho una pesadez comenzó a crecer. Era una de las preguntas más difíciles de responder y que me hacía meses antes del viaje.
-Ahora no estoy tan segura…, como siempre dije: “cuando a mi otro hombre me guste, antes de llegar a la cama, me separo porque es una clara señal que mi matrimonio no funciona” -Sonreí con una mueca de amargura y terminé – Cómo si fuera tan sencillo…
-¿Y hoy que piensas de tu matrimonio?
-Hoy, estoy convencida que algo esta mal, pero no me veo llegando y tirando toalla sin más, por él y por mí. Dejar mi vida y empezar sola…no sé si podría. Pero por otra parte, no sé cómo voy a estar con él, nada será igual.
-¿Nada?
Parecía satisfecho. Nuestras pupilas se encontraron otra vez, el marrón de sus ojos se había aclarado y sintiéndome protegida, un nudo se me hizo en la garganta.
-Nada. No sé cómo voy a ocultar mis sentimientos, cómo voy a reaccionar con sus besos y qué voy a sentir cuando me toque…
Recorrí la pared de la cocina sin atención, no podía mirarlo ya que me dolía hablar de Leandro con él. Era algo para lo que no estaba preparada, de ninguna manera.
-A mí…, a mí tampoco me gusta imaginar cómo vas a estar con él…
Mi respiración se hizo pesada, me costaba tragar y los ojos se me humedecieron. Con un rápido movimiento se giró y se paró delante de mí, apoyó las manos en la mesada al lado de mis caderas y me miró. Era una sensación de “te rodeo pero no te toco”
Estaba temperamental, lo leí en sus ojos. Humedeció el labio inferior y suspiró. “¿Por qué no nos conocimos antes?” le dije con la mirada “¿Por qué nos pasó esto…?”
-Kiky…-murmuré -no quiero seguir hablando…
-Es que lo necesito, en el barco cuando dijiste que te ibas, sentí algo acá… -dijo tocándose el pecho a la altura el corazón.
-Basta -le supliqué con las mejillas acaloradas.
-No voy parar –su respiración movía apenas mi flequillo -tengo que decirte lo que me pasa. Estoy atorado de palabras…, estoy nadando entre emociones que sólo tú has despertado, llevándome a desear cometer verdaderas locuras...
La distancia era mínima y aunque no lo tocaba, el calor y la energía que generaba me rodeaba. Me sentí abrazada y acariciada.
-Cuando me dijiste que te ibas, no pude pensar en otra cosa. Le di vueltas al tema, busqué excusas, traté de razonar y no de sentir… pero la verdad es que no quería que te fueras. No quiero quedarme en casa…, sin ti.-Enfatizó palabra por palabra.
-No puedes decirme esto…-dije con la voz entrecortada -no me hace bien saber que esto es más que una atracción… Me da miedo saber que tú también, me extrañarás.
-Lo descubrí en ese momento cielo, y lo confirmé hoy. Mi cabeza no paró hasta que te pedí que te quedaras, estaba…, tenso, malhumorado y desorientado. No sabia cómo pedírtelo, no tengo derecho a hacerlo y a la vez, te siento tan mía...
-Por favor…-tenía la vista empañada por las lágrimas -por favor, que me siento mal.
Con mucho cariño me tomó de la barbilla y mirándolo me di cuenta del sentimiento inmenso en el que estábamos sumergidos.
-¿Cómo no enamorarse? -si era el rostro más tierno y hermoso que había visto, sus ojos eran los más profundos y comunicativos que había conocido y su cuerpo el más provocador que había tocado. Solo sentía sus dedos cerca de mis labios, pero era suficiente para que mi cuerpo reclamara más. Mucho más.
-No puedo luchar contra lo que siento –su voz sonó baja y ronca -para mí no es fácil tampoco. Lo que empezó como una diversión, pasar un buen rato, poco a poco fue siendo una atracción para terminar en una necesidad y sé, la vida que tienes, sé lo que te aguarda en tu casa y me cuesta pensar en lo lejos que te vas a ir, en apenas horas.
Mi cara estaba mojada y mis manos subieron hasta su pecho que estaba caliente y acogedor, miré nuestra piedra entre sus vellos y bajé los parpados porque no encontraba palabras para expresar lo sentía.
Una lágrima rodó.
Respiré su aliento.
Me tomó de las muñecas y con suavidad besó la palma de una de mis manos y se las puso con ternura en el cuello. Sus ojos se instalaron en mi colgante y lo tocó.
-Sabes que seré yo quien te toque ¿verdad?
El llanto no lo pude contener y hundiendo la cara en su pecho me acurruqué mientras sentía unos dedos firmes y cariñosos entre mi pelo. Sus brazos al fin llegó, con esa fuerza que me hacían sentir tan segura y protegida como asfixiada y acalorada.
-Cómo voy a hacer…-comencé a hablar -yo no quería que fuera tan intenso lo nuestro, yo…, yo ya era feliz con haberte visto, o con la primera charla…, pero esto es muy fuerte.
-Lo sé amor, pero está y no lo buscamos, vino solo y sólo nos queda disfrutarnos.
-Por momentos lo logro, solo me limito a mirarte, a tocarte, a besarte…, pero cuando pienso en las horas que nos queda, me angustio, me desespero.
-Tranquila…-susurró mientras levantaba mi cabeza con sus manos tibias -todo se arreglará. Déjame a mí.
Sin poder evitarlo sonreí incrédula.
Me besó con ternura, tomándose su tiempo, deslizando la lengua en mi interior y poco a poco todo lo demás perdió importancia. Sólo cerré los ojos, acaricié su nuca y me dejé llevar, lejos.
Me besó con ternura, tomándose su tiempo, deslizando la lengua en mi interior y poco a poco todo lo demás perdió importancia. Sólo cerré los ojos, acaricié su nuca y me dejé llevar, lejos.
-¿No confías en mí? –habló rozándome los labios con los suyos.
Contesté luchando entre la razón y el sentimiento “¿confiar en qué...?” si nuestras vidas estaban a años luces de distancia, pero rápidamente volvió a mis labios ahogando cualquier razonamiento, liberando a mis instintos que solo querían complacerse con él.
Las manos inquietas se movieron por todo su cuerpo, mis labios no dejaban de besarlo y la remera larga que me había puesto me empezaba a asfixiar. Su mano llegó decidida al centro de mi cuerpo, y de una manera experimentada y atrevida me acarició, me tocó zonas puntuales que me obligaron a agarrarme a su espalada para no caer.
Sus dedos imperativos entraron mientras me robaban un gemido profundo e incontenible.
Mordí su hombro y de una manera inesperada su mano se alejó dejándome frustrada y anhelante.
Cuando iba a quejarme me sujetó con fuerza por la cintura y de una manera puramente sexual embistió. A pesar de la ropa, su excitación me llegó hasta lo más profundo.
Experimenté un dolor delicioso. Tiré la cabeza hacia atrás, me arqueé y me dejé arrastrar. Respiró en mi garganta.
Gimió con agonía y volvió a empujar.
Las manos inquietas se movieron por todo su cuerpo, mis labios no dejaban de besarlo y la remera larga que me había puesto me empezaba a asfixiar. Su mano llegó decidida al centro de mi cuerpo, y de una manera experimentada y atrevida me acarició, me tocó zonas puntuales que me obligaron a agarrarme a su espalada para no caer.
Sus dedos imperativos entraron mientras me robaban un gemido profundo e incontenible.
Mordí su hombro y de una manera inesperada su mano se alejó dejándome frustrada y anhelante.
Cuando iba a quejarme me sujetó con fuerza por la cintura y de una manera puramente sexual embistió. A pesar de la ropa, su excitación me llegó hasta lo más profundo.
Experimenté un dolor delicioso. Tiré la cabeza hacia atrás, me arqueé y me dejé arrastrar. Respiró en mi garganta.
Gimió con agonía y volvió a empujar.
Su movimiento fue tan preciso y rápido que casi no advertí que me había llevado hasta la mesa, me sentó arriba y se quedó de pie entre mis piernas abiertas. Sus manos quedaron en la base de mi columna vertebral y ejercía una fuerte presión para que estuviéramos más juntos.
-Dios…, como voy a extrañarte… -murmuró entre mis labios.
-Y yo…- hablé con los ojos cerrados.
-Y yo…- hablé con los ojos cerrados.
-Seré yo quien te lleve a lo más alto del placer…
Lo dijo en tono imperioso a la vez que restregaba su erección, el dolor fue placentero y aunque las prendas se interponían el placer fue en aumento.
Una mano posesiva amasaba mi pecho y mi respiración pasó a ser un jadeo.
Una mano posesiva amasaba mi pecho y mi respiración pasó a ser un jadeo.
-Kiky…, detente.
-¿Por qué? -preguntó con una traviesa sonrisa entre beso y beso.
-Porque no me podré contener…- logré contestar aturdida.
-Regálame tu placer…
-No…, detente.
Le supliqué sintiendo que el orgasmo era inevitable y por un minuto creí poder con él e intenté separarlo, pero fue inútil, solo logré que ejerciera más poder y que la sensación fuera más intensa.
-Cielo…, mírame…, regálamelo…-Y fue cuando abrí los ojos con pereza y me encontré con su media sonrisa disfrutando conmigo.
-Dios… Kiky… ¿y tú?
-Tenemos toda la noche, princesa.
Y esas palabras fueron la última señal de realidad que advertí ya que solo con su roce, alcancé el momento cumbre. Temblé mientras su respiración entraba brusca en mi oído.
Lo miré mientras descendía del éxtasis.
Lo miré mientras descendía del éxtasis.
-Eres hermosa…- habló antes de besarme.
Me recuperé en su hombro, le acaricié la espalda hasta que volvió a hablar.
-¿Crees que podrás subir las escaleras?
-Si, ¿Por qué?
-Porque a mi me va a costar… -bromeó presionando otra vez su dureza.
La tormenta no tardó en llegar en el dormitorio, mi cuerpo a pesar de todo seguía pidiendo más y él estaba muy dispuesto a saciarme. Volví a sentir la fuerza de la naturaleza que nos embriagaba, la potencia de sus besos y los devastadores efectos de las caricias.
La temperatura subió, el aire no era suficiente y la cordura brillaba por su ausencia. Podía sentir todo su ser, como un lazo tibio y protector que se fundía con mi alma.
La temperatura subió, el aire no era suficiente y la cordura brillaba por su ausencia. Podía sentir todo su ser, como un lazo tibio y protector que se fundía con mi alma.
Me encontraba arriba, tratando de darle el mayor placer, sintiéndome dominante y más femenina que nunca.
La habitación de golpe se iluminó, el respaldo de la cama fue más blanco todavía y el rostro de Kiky entre las almohadas, sonrió.
Entre la pasión y la realidad me di cuenta que no lo estaba imaginando, esta vez la naturaleza estaba presente y en estado puro.
-¿Qué fue eso? -Pregunté agitada, sintiendo las últimas señales del orgasmo.
-Un relámpago… ¿les temes? –su voz a pesar del momento de placer que acababa de experimentar sonó algo divertida.
Con otro rápido movimiento me acomodó sobre su lado derecho y me estrechó con dulzura.
-No, es a los rayos a los que les temo –me confesé entre los músculos del pecho brillando de sudor.
-Otra cosa por la que no debes preocuparte.
Me abrazó con un poco más de fuerza y el beso que me dio en la cabeza resonó en la habitación.
-No… ¿y eso?
-¿Te olvidas que estas con el hijo de Zeus?
Lo rodeé con fuerza y sonreímos con picardía. Que hombre tan maravilloso era, esa mezcla de niño, artista y amante ardiente era un combo perfecto. Cuánto lo iba a extrañar… pero ese no era el momento ni el lugar para pensarlo.
Con truenos y el goteo constante de la lluvia golpeando los cristales como fondo, nos dormimos.
El canto de los pájaros me despertó, estaba boca abajo rodeando la almohada cuando lo busqué con la mano que me quedaba libre. Su lado estaba vacío y fue cuando con pereza me giré reconociendo de a poco la habitación.
-Buenos días
Estaba sentado en el borde de la cama, se había puesto solo el bóxer y escribía en un papel apoyado en el muslo.
-Hola amor… ¿Qué hora es?
-Ni idea –contestó con su vista en el papel.
-¿Qué estas haciendo?
-Me desperté inspirado…
Lo observé por un momento, estaba concentrado, lo podía notar por la rapidez con la que movía el bolígrafo, apurado, cerrando los ojos y frunciendo el ceño de vez en cuando, tal vez para que no se le escapara ninguna palabra y cuando lo revisó, pude notar que le gustaba, sus labios se curvaron y rápidamente volvió a escribir.
-Voy a desayunar.
Me puse la remera larga que estaba tirada al lado de la cama y sin esperar respuesta, bajé a la cocina. Sonreí cuando atravesé el desorden que habíamos dejado, el bolso de ropa abierto, la heladerita en un rincón, toallas en el sillón, los platos sucios en el fregadero y en el baño la ropa mojada que nos habíamos sacado… “tendríamos que cambiar algunas cositas si viviéramos juntos…” pensé cuando puse la cafetera.
“Vivir juntos…”
“Imposible” me hablé desechando cualquier fantasía que amenazaba con aflorar.
Me serví una taza de café con leche y decidí abrir la puerta para ver que tal estaba el día, fue cuando una brisa que olía a tierra mojada me hizo cerrar los ojos.
-Te gusta como a mí ese olor ¿no? –me habló al oído mientras me abrazaba por la espalda.
-Me encanta, es naturaleza pura…
-Me encanta, es naturaleza pura…
Me besó en la cabeza y por unos momentos así nos quedamos, observando que la lluvia había parado, que el sol salía a medias y el paisaje había cambiado con la tierra hecha barro y charcos en casi todas las direcciones.
Me di media vuelta, le di un beso suave de “buenos días” y fui hasta la cafetera.
Me di media vuelta, le di un beso suave de “buenos días” y fui hasta la cafetera.
-¿Lavaste los platos?
-Si -contesté a la vez que le daba una taza de café - ¿Por qué?
-Porque a Sol le gusta cuando dejo todo tirado, dice que es señal que la pasé bien -terminó riendo.
-No sabía, pero bueno, ya lo verá en tu cara ¿no?
-Si, ya se dará cuenta. ¿Quieres ir a tomar el café fuera?
-Me gustaría, pero ¿no estará muy mojado?
-Bueno -contestó sugestivo -si quieres te llevo a la mesa…
-¡Señor Enrique! –exclamé entre risas y rubor.
-¡Ay! ¡Estas colorada! -y divertido me abrazó con su mano libre.
-¡Basta! -escondí la cara en su pecho -vamos fuera.
El sol se reflejaba en cada pequeño charco de agua con lo que nuestro alrededor estaba salpicado, los pájaros cruzaban de un árbol a otro, las flores parecían tener el color intensificado y el aire era puro y relajante.
Tomados de la mano me llevó hasta una hamaca para dos personas que estaba atada entre dos árboles y haciendo malabares entre las tazas y una almohada que él había llevado, nos acomodamos.
Tomados de la mano me llevó hasta una hamaca para dos personas que estaba atada entre dos árboles y haciendo malabares entre las tazas y una almohada que él había llevado, nos acomodamos.
-Cómo me gusta esto… -exclamó balanceándonos suavemente –estaría todo el día así, contigo.
-Eso suena muy tentador, si pudiéramos…
Hicimos una pequeña pausa creo que ninguno tenía ganas de pensar en la despedida que nos aguardaba en horas nada mas. Terminamos nuestros cafés y dejamos las tazas en el suelo.
-¿Cómo conociste a Paulina? –preguntó de pronto.
-¿De verdad quieres saber?
Hablé desviando la vista hacia el cielo, mis pensamientos volvieron a unos doce años atrás…
-Si, algo me dice que es una buena historia.
-No sé si es buena pero graciosa, sí –Él ya se estaba riendo cuando me abrazó con más fuerza.
-Sí parece que te conociera de toda la vida, cuéntamela por favor.
-Imposible negarme, si me lo pides así… Bueno la conocí en el colegio, el la secundaria, en tercer año me cambié de instituto, bueno me tuve que cambiar a la fuerza.
-¿Cómo es eso?
-Mejor déjalo así ¿sí?
-Como quieras -algo sorprendida por la poca curiosidad continué con el relato.
-Bueno a los pocos meses de haber empezado el curso entré en ese colegio y como era mi naturaleza, me senté al fondo, donde solía pasar lo más divertido.
-¿Y cómo ibas vestida?
-Llevábamos uniforme -dije entre risas.
-¡Cómo me hubiera gustado conocerte en ese tiempo!! ¡Habrás estado de linda!! ¿De qué color?
-Íbamos de jumper azul, camisa celeste y corbata.
-mmmm lo llevarías cortito, ¡qué sexi!
-Señor Enrique, me va a dejar que le cuente ¿o no?
-Ok ok prometo no interrumpir más.
-Bueno llegué, me senté en el fondo y Paulina era de las que se sentaba adelante, era aplicada, prolija, estudiosa y callada. Todo lo contrario a mí. Durante ese año nos llevamos fatal, casi no nos hablábamos y cuando lo hacíamos era para discutir.
-¿Me estas contando la verdad?
-¡Te lo juro! No sabes lo que nos reímos cuando hablamos de esto y nos confesamos los sobrenombres que nos poníamos ¡yo le llamaba de todo!
-Eras una chica mala, ¿he? -preguntó sugestivo.
-Yo no era mala, era… divertida –terminé entre risas- además ella no era ninguna santa, también me decía de todo. Bueno así pasamos en tercer año, mal, en cuarto cuando comenzaron las clases, por alguna razón yo me separé un poco del grupo y me adelanté dos bancos y ella, por otra extraña razón hizo lo mismo, se alejó un poco de sus amigos y se sentó dos bancos más atrás y pasó lo que tenia que pasar, nos juntamos.
-¿Y cómo fue eso?
-Bueno para mi genial, lo que me divertí con ella no me lo olvidaré en la vida.
-¿Y ella? -preguntó acomodando la cabeza para mirarme a los ojos.
-Bueno, digamos que para ella no fue tan grato.
-¡Cuéntame! ¡Por favor! – pidió entre una carcajada.
-¡Es que éramos tan distintas...! a mi me costaba verla tan estudiosa…
-¿Y entonces?
-Entonces, cuando me aburría le hacia dibujitos en sus hojas tan prolijas, o le hablaba con papeles, o la pellizcaba en la pierna…
-¡Eras terrible! ¿Y ella lo aguantaba?
-Si Pau se divertía mucho también, además poco a poco fue cambiando y ella también me molestaba, ¡no te creas que era yo sola! Y con el correr del curso nos hicimos muy compañera, ella sabia que yo sola la podía molestar, si alguien se quería meter con ella, ¡ahí estaba yo!
Las risas hacían mover la hamaca y su brazo me rodeaba con más fuerza.
-Digamos que fuimos dos polos que se unieron -terminé.
-Qué linda época ¿no?
-Si, pero lo mejor es que a pesar de los años, los caminos tan distintos que llevamos seguimos siendo amigas, eso es una de las cosas más lindas que me ha pasado.
-Que bueno tener esos recuerdos..., y con quien compartirlos -en ese momento su tono se apagó, levanté la cabeza y le vi la mirada lejana, la expresión rígida y algo de tensión en el cuerpo.
-¿Tú cómo hiciste la secundaria, fuiste al colegio como todos?
-Es un poco largo de contar y ya se esta haciendo tarde -esquivó la respuesta poniéndose de pie.
-¿Tarde para qué?
-Ya te darás cuenta. Ahora entra y ponte ropa cómoda que yo enseguida vuelvo.
-¿A dónde vas?
-No seas impaciente, cámbiate que ya regreso por favor.
Su rostro tenía esa expresión de niño hombre otra vez y viendo chispas de alegría en los ojos, le sonreí y lo vi alejarse. Por mi parte bajé de la hamaca, tomé las tazas y entré a la cabaña. Qué distante lo había sentido en un abrir y cerrar de ojos, cuántas cosas tendría guardadas y que le costará confiarlas así tan tranquilo, como yo…
Me miraba en el espejo, me gustaba como me quedaba la calza azul pescadora con la remera negra de breteles que me llegaba hasta el comienzo de las caderas y las deportivas blancas, cuando un relincho me llegó a los oídos.
Salí apresurada haciéndome una cola en el pelo bien alta y fue cuando lo vi montado en un potro negro brillante. Terminé con el pelo y con un movimiento involuntario, me tapé la boca.
Salí apresurada haciéndome una cola en el pelo bien alta y fue cuando lo vi montado en un potro negro brillante. Terminé con el pelo y con un movimiento involuntario, me tapé la boca.
El animal caminaba con mucha elegancia y un porte impresionante, su altura me llamó la atención y el ruido de las fuertes pisadas me sobresaltaron. Al detenerse advertí al otro caballo marrón con manchas blancas, un poco más bajo de estatura que traía de las riendas.
Cuando mis ojos volvieron a él mi corazón se apresuró, su sonrisa estaba más brillante que de costumbre, la espalda erguida y una mano descansando en la cintura… era la estampa perfecta del príncipe azul.

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